LITERATURA

De tanto ir al norte he llegado al sur

Hasta hace muy poco el reguetón para mí era solo un ritmo latino repetitivo pensado para taladrar el cerebro de los adolescentes ávidos de un soniquete en el que enganchar su mente mientras afanados en descubrir su cuerpo se escapan de las arengas de sus padres y profesores. Lo descubrí una apacible mañana de sábado en mi casa cuando ese sonido monótono empezó a llegarme ininterrumpidamente desde la casa de mis vecinos, tres estudiantes que comparten piso y aficiones musicales, de las que por cierto, no parece que se vayan a cansar nunca. Luego me llegó más directamente cuando mis sobrinos, que se dejaban las cejas en las tabletas viendo vídeos de ese género musical, trataron de convencerme de que sus cantantes eran mucho más dignos de atención que la visita de su tía favorita.

Pero eso hace poco, alentada además por el éxito y la magnitud que el fenómeno reguetonero estaba consiguiendo entre los milenials de medio mundo, decidí darle una oportunidad, dejar de oírlo en la distancia y dedicarme a escuchar, dejar de juzgar y empezar a observar el conjunto, más allá de los cuatro sonidos sordos de la casa de mis vecinos y las imágenes subidas de tono de las tabletas de mis sobrinos. Decidí que había llegado el momento de buscar el tesoro que sin duda escondía una música, una estética y toda una expresión artístico - social importada precisamente del Caribe, (no de Silicon Valley como suele pasar), que ha sabido traspasar fronteras y hacerse sitio, pese a las controvertidas críticas de los reprimidos de medio mundo.

Poco a poco fui entendiendo que esa repetición de acordes en realidad esconde toda una invitación a incluir en su seno todos los estilos musicales latinos de los últimos tiempos, reggae, rap, hip hop, dance, bachata, como la pizza que con una base de pan sencilla recibe todo tipo de ingredientes para convertirse en un plato sabroso y siempre sorprendente, por algo esto del reguetn  empezó en Panamá con inmigrantes jamaicanos.

En el reguetón caben todos los ritmos y todas las voces porque es un diálogo callejero que se construye entre todos, por eso cantantes de todo tipo se cuelan entre bambalinas para meter su estrofa sin pelos en la lengua, sin pudor, sin protocolos, sin exámenes, sin código de vestimenta, sin palabras prohibidas. Voces masculinas y voces femeninas se suman a una fiesta multiracial en la que el único objetivo es sacar la energía sexual a bailar. Esa energía poderosa que todo lo crea pero nadie controla se mueve  al ritmo de la música, soltando lastre, sin rigideces ni corsés, sin  prisas pero sin pausa, la piel a flor de piel.

Ahora lo entiendo, la música y el baile como caminos de seducción ha existido toda la vida, sólo que

ahora salen de las discotecas dónde las tenían debidamente escondidas y confinadas para tomar las calles y las tabletas, y eso no le gusta a todo el mundo. La fiera que cada uno lleva dentro sale de su escondite sin perder el ritmo, unos la dejan salvaje sin domesticar como en el fútbol, otros la llevan más pulidita, Romeo en formato latin lover se queja de los padres de Julieta, la historia se repite pero ahora el sueño de una noche de verano discurre en el malecón.

 Y mientras  todo se llena de mar y tierra, los colores del Caribe, una estética colorista de atardecer en el trópico que no deja a nadie indiferente, y menos a 40 grados en Madrid, porque aquí el sudor no brilla tanto. Yo sólo quisiera mover mis caderas como ellas, mientras ellos me admiran, libremente, esas caderas poderosas que a los 15 años sólo quería extirparme y que ahora sin embargo arrasarían en las discotecas. Yo de tanto ir al norte he llegado al sur.

Almudena Lomillo

Junio 2017

 

Con todo respeto les quiero decir que la verdad es que Michael Ellis, el mánager de "El General", me dijo que no dijera «reggae», que lo pusiera como algo grande y como a todo lo grande nosotros le ponemos «ón», como cabezón, camisón, etc, entonces, lo llamamos «reggaetón», un “reggae” grande. Es la plena verdad.

Jaime Davidson